«No hay una subrealidad, sino que para los niños y los jóvenes hay un continuo entre la realidad digital y la analógica, es una sola realidad. Entonces, no tiene ningún sentido cuando los papás o los apoderados dicen ‘te voy a quitar el computador, el teléfono o cortar el internet’. La decodificación es que ‘te voy a sacar de la realidad’, lo que es una cosa un poco absurda.»
Edgardo Toro es profesor y director de la Escuela de Trabajo Social de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Miembro del Grupo de Estudios Interdisciplinarios en Niñez de la Escuela de Trabajo Social, Doctor en Ciencias Sociales Interdisciplinarias en Salud, Universidad de Edimburgo, Escocia.
– “Nosotros hemos venido trabajando y cuando digo “nosotros” me refiero al grupo de estudios de infancia que tenemos en la Escuela y el foro de investigación en explotación, también en alianza con la ONG Paicabi y con otras universidades, o sea, es un grupo bien grande que hemos estado trabajando en varias cosas, haciendo investigaciones, también diseñando pilotos y haciendo harta capacitación. Nosotros decimos que hay tres cosas iniciales en esta relación, que se engloban en una idea, la brecha generacional. La brecha generacional tiene una cosa obvia, que es la edad entre los adultos, los niños y los jóvenes. Incluso gente muy joven, que es nativa, tiene una diferencia.
Probablemente, la principal diferencia que nosotros hemos captado entre adultos, que son profesores, papás o personas que trabajan con niños, es que, en el caso nuestro, hacemos una distinción, sobre todo mi generación que no es nativa, entre lo que sería el mundo real y el mundo virtual, para poner lo digital en el fondo. Entendiendo que son cosas distintas.
Lo real sería lo cara a cara y lo otro sería no tan real. Por eso usábamos las reuniones virtuales, pero virtual significa simulación de la realidad. Entonces, lo primero que nos damos cuenta es que tenemos una comunicación humana mediada por la tecnología, pero es comunicación, tú estuviste de verdad, o sea, todo fue de verdad.
Esa primera idea para los adultos es difícil de entender. Que no hay una subrealidad, sino que para los niños y los jóvenes hay un continuo entre la realidad digital y la analógica, es una sola realidad. Entonces, no tiene ningún sentido cuando los papás o los apoderados dicen “te voy a quitar el computador, el teléfono o cortar el internet”. La decodificación es que “te voy a sacar de la realidad”, es una cosa un poco absurda.
Tampoco tiene sentido cuando dicen “Ah, ya estás pegado, estás adicto al teléfono”. No, está conectado todo el tiempo porque uno está conectado a la realidad todo el tiempo. Esa es una cuestión que ensancha esa relación, esa brecha. Lo segundo tiene que ver con las plataformas, las redes y los juegos, sobre todo los juegos multijugador en línea.
Lo que nos pasa también a los adultos es que nosotros hicimos las redes sociales y pensamos que son redes como espacio de socialización, así la decodificamos. Pero, bueno, en el fondo son modelos de negocio, son plataformas de negocio que están microsegmentadas. Entonces, a mí me llega y yo accedo a aquello que tiene que ver con mis usos, edad, gusto.
Entonces, yo estoy como atrapado en un muro logarítmico que me refuerza cosas que son para mí. Si yo digo que tengo Facebook, tú dices “por supuesto”. O si digo que tengo Instagram, lo mismo. Pero si yo digo tengo Reddit, ya sería raro, o hablemos por Discord, como que no pega.
Entonces, eso significa que, en el fondo, los niños y jóvenes acceden a un conjunto de plataformas que no son las nuestras y no tenemos cómo saber cuáles son, porque no nos llega esa información. Nos falta esa información y nosotros creemos que sí sabemos.
Hay adultos que de repente dicen “Ah, pero yo los lo sigo en el Facebook. Claro, a los 15 años habrán hecho uno para el papá, para estar tranquilo, o una cuenta de Instagram, pero hay un mundo que nosotros no conocemos. Y como consecuencia, la única forma que tenemos de enterarnos es preguntando con curiosidad. Y, entonces, eso sería un segundo elemento de la brecha generacional, nosotros no tenemos acceso a esos mundos e inventamos cosas. Entonces le decimos a los chicos “Oye, ten cuidado”. ¿Y con qué? “Con las cosas terribles que te pueden pasar” Pero, ¿qué? y no somos capaces de mantener esa conversación.
Y lo último que hemos visto en relación a esta brecha, según un estudio que hicieron unos estudiantes nuestros a los papás o a los profesores, cuando uno les pregunta “¿Cuáles son los riesgos?” Los riesgos pasan sólo por cosas que les pasarían a los adultos, que te quiten la identidad, que te influyan para comprar alguna cosa que tú no necesitas, que te roben datos sensibles, pero uno no va con los riesgos reales, como sufrir acoso, abuso o algún tipo de persecución, e incluso algo más severo. No se logran coordinar. Existe una realidad que la gente no está considerando.
El espacio del multijugador en línea, es el único espacio, entre comillas, en contextos digitales, que es intergeneracional. Porque tú podrías estar en una categoría que no importa la edad que tengas, sabiendo la edad que la gente tiene, que es el gamer. Yo puedo tener un gamer de 50 años con uno de 40, con uno de 80, con uno de 10, 15, etcétera. Y todos saben más o menos la edad que tiene el otro. Pero la categoría gamer es como un espacio compartido que tiene la bondad de ser un espacio intergeneracional. Todos son quiénes están ahí y todos saben quiénes son. Entonces, los adultos que se hacen pasar por niños, por jóvenes, porque tienen un avatar distinto, se vuelven absurdos. Los cabros saben, efectivamente, si están jugando con alguien que es más viejo, más joven o un niño, se fijan por la manera de comunicarse. Entonces, ese es un espacio que es bien interesante, pero también puede ser muy riesgoso. Aquellos que despliegan prácticas abusivas o redes de explotación saben todo esto, por lo tanto, se acercan a los chicos.
Hay dos fenómenos que han aumentado, eso y la violencia entre pares. Entre pares hay una cuestión donde esta categoría de las víctimas y agresores se pierde un poco en los contextos digitales. La manera de hablar es violencia, para poner el énfasis en la violencia, pero es facilitada por la tecnología. Para sacar un poco lo digital como elemento central, que tiene algunas cosas particulares, pero es violencia entre pares, violencia con adulto, violencia sexual, facilitada por la tecnología.
– Los mayores riesgos que tienen los chicos, según lo que nos dice, por ejemplo, la encuesta de polivictimización, son el acoso, abusos y violencia facilitada por la tecnología entre pares.
También conversaciones sexuales con adultos y producción de material sexual que se convierte en abusivo cuando se pierde el control de eso. Los chicos nos dicen -y los estudios lo muestran- que hay hartas de cosas que son privadas y que después son expuestas sin consentimiento. Hay harto que tiene que ver con la falta de sentido de lo que es la privacidad y el consentimiento. Pueden ser de carácter sexual, porque se mandan fotos, por exploración de sexualidad, desnudos o de las partes íntimas, pero no se entendió que era privado, alguien no lo entendió o por despecho lo hace circular. Es una forma de violencia que está en el ámbito de la sexualidad, pero está más centrado en no entender lo que es el respeto, el consentimiento y la privacidad.
– Nosotros hemos visto que hay tres grandes fenómenos vinculados a la explotación, facilitada por la tecnología. Ahí el propósito de adultos o de pares es producir, comercializar o difundir imágenes con contenido sexual y hay muchas estrategias, como el engaño o la amenaza.
Ahí hay varias cuestiones, promesas de recursos, dinero, juego. Por ejemplo, los juegos también se venden, si tú quisieras tener un cierto tipo de armadura o implementación necesitas ser muy bueno y gastar mucho tiempo o comprarlo, entonces tiene un valor de intercambio.
Y hay otras cosas que es importante pensarlas de una manera distinta, sobre todo entre pares, entre con o sin intención, cuestiones que no se ven como violentas. Por ejemplo, tú estás con tu pareja y tu pareja le manda una imagen tuya a su mejor amigo y él la difunde a todo el mundo. Por supuesto que es una práctica violenta, pero su fundamentación puede ser machista, es para mostrar lo “choro” que eres o puede ser que no reflexionen que eso puede causar daño. Dicen “si yo no hice nada malo, no hice nada violento. Yo se la mandé al grupo nomás”.
El otro día veíamos en nuestro estudio con unos estudiantes el tema de que la mayoría de las personas que juegan en los videojuegos multijugador reciben y despliegan prácticas de violencia. Las argumentaciones son que es parte del juego o que es una reacción. O en el fondo puede ser una estrategia o es como que no saben qué hacer. Todas las argumentaciones que sostienen las prácticas de violencia en cara a cara, ya que también se da en la analógica y en un contexto donde todos no tienen ningún o un bajo nivel de educación sexoafectiva. Entonces, de dónde van a haber aprendido sobre el respeto, consentimiento y algún sentido de privacidad. Su educación no va por ninguno de esos lados.
Si nadie me ha hablado de eso, ningún adulto, la escuela o la familia y mi información sobre sexualidad está dada por mis compañeros, que saben tan poco como yo, por internet o por la pornografía. Hay un montón de chicos jóvenes que lo que hacen es tratar de reproducir escenas que han visto en pornografía sin captar que ahí, en el fondo, hay casi como una mímesis, sin reflexionar qué, a lo mejor, la persona con que estoy no le gusto, porque además la pornografía siempre está puesta en una asimetría muy fuerte, con las mujeres como objeto. Ahí hay unas cosas que son bien complejas, que están en el ámbito de la sexualidad y que se transforman en violencia, pero su sustrato es más bien la falta de información o que nadie conversa con ellos. Los chicos quieren que alguien los oriente o que conversen con ellos.
– Yo no sé si están normalizadas por los más jóvenes, pero hay ciertas prácticas que están bien naturalizadas por la sociedad. Si yo estoy y he sido criado en ese contexto, ¿por qué tendría que ser distinto? Cuando uno revisa algunos estudios que hay sobre jóvenes que explican prácticas o que han desplegado prácticas de abuso sexual y uno les pregunta qué tendría que haber ocurrido para que eso no pasara, dicen tres cosas: lo primero, si alguien hubiera puesto atención a su propio abuso. Son como víctimas que sufren y que no reciben ningún apoyo, entonces, eso generó una suerte de traumatización en la sexualidad o en las relaciones. Lo segundo, si alguien lo hubiera educado sexualmente. Tercero, si alguien le hubiera dicho que la pornografía no era de verdad. Probablemente esas tres cosas en conjunto hubieran evitado que él hubiera desplegado prácticas sexuales con otros niños.
Preguntamos a equipos de profesionales de la ONG Paicabi, de explotación, expertos, vimos investigaciones e hicimos un grupo con jóvenes para recoger su voz. En un momento dado, empezamos a hablar de esto de la educación sexual y fue bien interesante porque ahí apareció harto de eso. Entonces, después nos preguntaron a nosotros, “¿Y ustedes qué educación sexual recibieron?” Nos dio un poco de esas risas que son siempre complejas, porque estaban ellos, que eran entre 15 y 17 años, más o menos. Después había un grupo profesional, imaginemos de finales de los 20 años, después entre los 30 años, después entre los 40 años, después estaban hasta los de 50 años, o sea, tres o cuatro generaciones. Y todos dijimos lo mismo: “una o dos clases de educación en biología o en consejo de curso y nos mostraron una imagen del aparato reproductor, como una dimensión rara que no era el cuerpo, así como cortada, y eso fue. Todo lo demás, los amigos”. Entonces, claro, nos miramos y era como que todos somos ignorantes.
Probablemente, los profesionales después tuvieron que formarse un poco más, pero en el fondo tú tienes generaciones, varias generaciones de adultos, padres, profesores, que tienen dificultades para entrar en esos temas de una manera ya no experiencial, sino una manera educativa o de formación. Pero, además, con carencia de la información más experiencial, porque les daba vergüenza.
Y así tú tienes niños que en el fondo nadie les enseña. Entonces ahí hay una cuestión bien básica. Ese sería tal vez el principal desafío en este momento, tanto para las familias como para los profesores en el colegio, educar, acompañar a los niños, enseñarles.
Fue interesante, porque nosotros hicimos un estudio con Cristóbal Guerra y unos estudiantes del liceo y entonces, ¿qué tipo de qué tipo de prevención tenían ellos respecto a la violencia facilitada por la tecnología? ¿Qué reconocían y qué cosa les gustaría? Entonces, ellos reconocían en el fondo que había un poco de información, pero que al final tú tienes que resolverlo.
O sea, había mucho de delegar. Lo que podría ser un reconocimiento a tu habilidad, pero era más bien como que “hazte cargo de esta cuestión”. Entonces, cuando les preguntamos, ¿qué es lo que les gustaría de la escuela, familia y los medios de comunicación? Ellos ven positivo si hay guía, si hay información real, no así como “stranger danger”, cuidado con los extraños.
Todos los grupos ponían un elemento que eran las conversaciones profundas. Yo creo que tiene que existir un espacio justamente de conversación, donde uno pueda, con curiosidad, como uno es ignorante de ese mundo, preguntar y conocer los videojuegos multijugador, las plataformas que utilizan, las motivaciones para sacarse fotos y mandarlas.
Meterse en ese mundo con curiosidad y ver lo que se supone que nosotros podríamos aportar, pero la pregunta es si estamos formados bien para eso, para distinguir relaciones abusivas y manipuladoras. Porque nosotros podríamos ayudarle un poquito en eso, en que ellos puedan tener claves para distinguir cuando hay manipulación y relaciones abusivas. Pero si los adultos no somos capaces de reconocer eso, no aportamos nada a la conversación, solo control. Y probablemente el control parental sirve cuando tienen siete, nueve o diez años, pero después de eso no tiene ningún sentido, ningún efecto.
– Claro, porque en el fondo tú te darías cuenta. La gente no dice “ya, voy a hacer esto intencionalmente”, a veces pueden querer producir daño, sin entender las consecuencias. Porque es un chip por desarrollo psiconeurológico que caracteriza la adolescencia: no ver consecuencias, entonces ¿por qué les pedimos eso?
Entonces tiene que haber un adulto que modere esa cuestión. No le puedo pedir de manera natural que evalúe las consecuencias de sus actos y se proyecte para el futuro, es un joven, eso es lo que haría un adulto.
A veces hay una exigencia que no considera la etapa de vida. Alguien podría decir, por supuesto, que uno puede ser responsable, preocupado por el otro, hasta donde te alcanza a los 15, 16 años. Si no, yo estoy pensando en un adulto, te fijas, pensando en forma adultocentrista, estoy pensando que un joven de 15 años se comporte como una persona de 30. Hay algo que pudieron haber aprendido muy pequeños, que es el consentimiento y el respeto, eso no es una cosa adulta, pero si nunca se les enseñó, ¿por qué se lo voy a pedir? Si yo no enseño una noción de intimidad y la sociedad me muestra que es una sociedad espectáculo, donde hay que mostrarse completo y el cuerpo es una cuestión que se muestra todo el rato, y yo no hice ninguna cosa para cuestionar eso, con qué cara después pregunto “¿cómo te sacaste esa foto y la mandaste?” Yo traslado una respuesta del mundo adulto y las instituciones a la responsabilidad de los jóvenes, pero eso se enseña.
Por Paz Vargas Tapia. Practicante de la carrera de Periodismo